lunes, 14 de noviembre de 2016

DESDE ACÁ – ALGO SOBRE LA ELECCIÓN DE DONALD TRUMP.




Por Claudio Barrientos F.




Se ha hablado y escrito mucho tratando de interpretar el porqué del triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas. Opino como ciudadano que ha leído algunas (pocas) cosas de historia política y ha sido testigo vivencial de cómo ciertos procesos de cambio político y social han llevado el péndulo  de los acontecimientos de un lado para otro. Casi siempre, cuando ocurre un vuelco en dicho escenario y alguien pontifica respecto a que de ahora en adelante ciertas prácticas o visones llegaron para quedarse, esbozo una leve sonrisa, puesto que el “tempo” (ritmo) político del mundo actual se ha acelerado en extremo y bastan un par de desaciertos en las decisiones de la autoridad o frustración en las expectativas respecto al cambio que se prometía para que inmediatamente el viento de las preferencias ciudadanas sople en una dirección diferente. Eso siempre y cuando, las condiciones que permitan ese giro, puedan continuar intactas.

Así, algunos dicen que los estadounidenses de clase media y populares, se cansaron de los experimentos “un tanto socialistas” que habría impulsado la administración Obama, además del poco entusiasmo que despertaba la candidata demócrata, asociada a un cierto “establishement” político del cual la gente se siente bastante cansada. Creo que esta visión de las cosas, es en extremo corta y desconoce otras tendencias que se han venido incubando desde hace mucho en la sociedad norteamericana y mundial y que están relacionadas precisamente con la visión opuesta a la que mencionan esos analistas. Más bien creo que una de esas causas, sino la principal, está relacionada con el procesos desencadenado a partir de la caída de los socialismos reales y de la ola neo-liberal que se apoderó del mundo en la cual una de sus panaceas, se relacionaba con la promoción del comercio mundial y la posibilidad que éste pudiera crecer insospechadamente debido a las nuevas áreas geográficas  y de consumo que se abrían y los tratados de libre comercio que se suscribían. Tales acuerdo, en teoría, estaban llamados  a beneficiar a las poblaciones de todo el mundo, con abundancia de productos, precios bajos y empleo, mientras el estado empequeñecía su tamaño (a excepción del aparato militar) y los capitales circulaban con abundancia y sin restricciones de una frontera a otra. Pero los brujos del optimismo neoliberal abusaron del “ceteris paribus” (una variable se mueve y todo lo demás queda constante) y consideraron al resto de los factores y al mundo circundante, una suerte de tabla rasa que actuaba con igual lógica, independiente del lugar en que se aplicara el que para ellos era el esquema de progreso que marcaba “el fin de la historia”.

Si bien, el comercio entre distintas regiones es tan antiguo como la humanidad y es una actividad que nunca se detendrá, el haber empujado a los pueblos a sumarse a esta corriente que prácticamente despreciaba los mercados internos, sin adaptar sus instituciones, sus aparatos productivos, sus sistemas educacionales y de derechos sociales, ha marcado el hecho obvio que, quienes partían mejor posicionados en la carrera de producir, vender y comprar pudieran ver ciertos beneficios que el resto sólo quedaba esperando para un futuro que no tardaría en llegar. Hace rato que en Europa se acuñó la expresión “las tijeras se están abriendo” para graficar el fenómeno de la pauperización y en algunos casos de la desaparición de la “clase media” merced a la pérdida de puestos de trabajo que las empresas van dejando en su proceso de búsqueda de fuentes de abastecimiento de materias primas y mano de obra más baratas, que ayuden a mejorar un tipo de eficiencia bastante básico que se resume en la siempre poco inocente consigna de “hacer más con menos”. A su vez, aquellas economías que recibieron el supuesto beneficio de contar con empresas que producían en su suelo los productos que les resultaba muy caro fabricar en su propia tierra, tampoco (salvo excepciones) lograron arribar a mejores condiciones de vida para la mayoría de su población que ha quedado a merced de sistemas oligárquicos y ultra concentrados en lo económico y corruptos en lo político que esfuman o en el mejor de los casos llevan bienestar a una proporción muy menor de quienes estaban originalmente llamados a participar en esa “fiesta del consumo” (así le decían).  Esto sin contar con los todavía muy poco valorados costos medioambientales que desde el comienzo pusieron un gran signo de interrogación en esta forma de progreso, aparentemente ilimitado.

En otras palabras, el ciudadano común y aún el de las economías desarrolladas,  probablemente esté llegando a la muy razonable conclusión de que está muy bien comprar productos más baratos, pero se debe tener empleo para ello y obtener un sueldo adecuado para adquirirlos. Tan simple como que si no hay empleo, no hay capacidad de compra. Y si las ganancias se producen en otros lugares, tampoco las empresas pagarán impuestos que después puedan ser devueltos como prestaciones sociales para suplir las carencias o insuficiencias de ingreso que proporciona el empleo formal o informal. Finalmente, si los beneficios monetarios que obtienen las corporaciones se concentran y desvían hacia la actividad financiera especulativa que cada 5 ó 6 años produce a través de la actividad inmobiliaria, una  crisis y un desequilibrio cuyo ajuste debe pagar ese mismo ciudadano con empleo incierto, entonces la mesa queda servida para una salida a través de aquellos personajes que vociferan a favor de políticas locales, economía cerrada y murallas para contener a los indeseables que no son otros que los mismos que el  sistema ha generado con su visión excluyente.

No puedo dejar de recordar las promesas de Adolfo Hitler al pueblo alemán cuando la república de Weimar naufragaba entre los embates de sus enemigos internos y las exigencias foráneas puestas por del Tratado de Versalles, post primera guerra mundial. Ahí también se escuchaban las frases de “volver a hacer grande a Alemania” o de acabar con toda clase de indeseables, delincuentes o enemigos extranjeros. Y también hubo empleos y la economía creció, merced a obras públicas y producción de armamentos que daban aliento a su sistema fabril. Pero antes, mucho antes de esa realidad, se prometía condonar y abolir “los intereses usureros” que cobraba la “banca judía” a los ciudadanos de ese país por los préstamos que éstos obtenían. Demás está decir que apenas el personaje se hizo del poder, canceló esa medida y se embarcó en la triste aventura que ya todos conocemos.
No sé si la elección de Donald Trump sea un castigo a ciertas “elites” o a una cierta forma de hacer política, pero lo cierto es que la demora, cuando no el descrédito total  respecto a la llegada de los beneficios otrora prometidos por las políticas liberales, mientras campea la inseguridad ciudadana, la amenaza terrorista y la posibilidad del desempleo, han abonado el terreno para que una buena parte de la población norteamericana (indignados a su modo) confíen en un personaje que habla precisamente de acabar con esas amenazas y poner orden en casa, valor este último, bastante preciado en determinados estratos de la sociedad.

Si bien como insinué al comienzo, no hay procesos irreversibles y siempre estamos sometidos al péndulo de los vaivenes de las decisiones políticas, económicas y de fuerzas que no controlamos, el intertanto desde donde la humanidad avance al siguiente escalón del progreso social, puede estar jalonado de mucho dolor y arbitrariedad, porque las prácticas del recién llegado pueden socavar las bases mismas que permiten ese cambio. Ojalá me equivoque y la cordura y los contrapesos institucionales o bien ciudadanos,  efectivamente funcionen cuando sea necesario.  

Santiago de Chile, 13 de Noviembre, 2016.


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