Por Claudio Barrientos F.
Se ha hablado y escrito
mucho tratando de interpretar el porqué del triunfo de Donald Trump en las
elecciones presidenciales norteamericanas. Opino como ciudadano que ha leído
algunas (pocas) cosas de historia política y ha sido testigo vivencial de cómo
ciertos procesos de cambio político y social han llevado el péndulo de los acontecimientos de un lado para otro.
Casi siempre, cuando ocurre un vuelco en dicho escenario y alguien pontifica
respecto a que de ahora en adelante ciertas prácticas o visones llegaron para
quedarse, esbozo una leve sonrisa, puesto que el “tempo” (ritmo) político del
mundo actual se ha acelerado en extremo y bastan un par de desaciertos en las
decisiones de la autoridad o frustración en las expectativas respecto al cambio
que se prometía para que inmediatamente el viento de las preferencias
ciudadanas sople en una dirección diferente. Eso siempre y cuando, las
condiciones que permitan ese giro, puedan continuar intactas.
Así, algunos dicen que los
estadounidenses de clase media y populares, se cansaron de los experimentos “un
tanto socialistas” que habría impulsado la administración Obama, además del
poco entusiasmo que despertaba la candidata demócrata, asociada a un cierto “establishement”
político del cual la gente se siente bastante cansada. Creo que esta visión de
las cosas, es en extremo corta y desconoce otras tendencias que se han venido
incubando desde hace mucho en la sociedad norteamericana y mundial y que están
relacionadas precisamente con la visión opuesta a la que mencionan esos
analistas. Más bien creo que una de esas causas, sino la principal, está
relacionada con el procesos desencadenado a partir de la caída de los
socialismos reales y de la ola neo-liberal que se apoderó del mundo en la cual
una de sus panaceas, se relacionaba con la promoción del comercio mundial y la
posibilidad que éste pudiera crecer insospechadamente debido a las nuevas áreas
geográficas y de consumo que se abrían y
los tratados de libre comercio que se suscribían. Tales acuerdo, en teoría,
estaban llamados a beneficiar a las
poblaciones de todo el mundo, con abundancia de productos, precios bajos y
empleo, mientras el estado empequeñecía su tamaño (a excepción del aparato
militar) y los capitales circulaban con abundancia y sin restricciones de una
frontera a otra. Pero los brujos del optimismo neoliberal abusaron del “ceteris
paribus” (una variable se mueve y todo lo demás queda constante) y consideraron
al resto de los factores y al mundo circundante, una suerte de tabla rasa que
actuaba con igual lógica, independiente del lugar en que se aplicara el que
para ellos era el esquema de progreso que marcaba “el fin de la historia”.
Si bien, el comercio entre distintas
regiones es tan antiguo como la humanidad y es una actividad que nunca se
detendrá, el haber empujado a los pueblos a sumarse a esta corriente que
prácticamente despreciaba los mercados internos, sin adaptar sus instituciones,
sus aparatos productivos, sus sistemas educacionales y de derechos sociales, ha
marcado el hecho obvio que, quienes partían mejor posicionados en la carrera de
producir, vender y comprar pudieran ver ciertos beneficios que el resto sólo
quedaba esperando para un futuro que no tardaría en llegar. Hace rato que en
Europa se acuñó la expresión “las tijeras se están abriendo” para graficar el
fenómeno de la pauperización y en algunos casos de la desaparición de la “clase
media” merced a la pérdida de puestos de trabajo que las empresas van dejando
en su proceso de búsqueda de fuentes de abastecimiento de materias primas y
mano de obra más baratas, que ayuden a mejorar un tipo de eficiencia bastante
básico que se resume en la siempre poco inocente consigna de “hacer más con
menos”. A su vez, aquellas economías que recibieron el supuesto beneficio de
contar con empresas que producían en su suelo los productos que les resultaba
muy caro fabricar en su propia tierra, tampoco (salvo excepciones) lograron
arribar a mejores condiciones de vida para la mayoría de su población que ha
quedado a merced de sistemas oligárquicos y ultra concentrados en lo económico
y corruptos en lo político que esfuman o en el mejor de los casos llevan
bienestar a una proporción muy menor de quienes estaban originalmente llamados
a participar en esa “fiesta del consumo” (así le decían). Esto sin contar con los todavía muy poco
valorados costos medioambientales que desde el comienzo pusieron un gran signo
de interrogación en esta forma de progreso, aparentemente ilimitado.
En otras palabras, el
ciudadano común y aún el de las economías desarrolladas, probablemente esté llegando a la muy razonable
conclusión de que está muy bien comprar productos más baratos, pero se debe
tener empleo para ello y obtener un sueldo adecuado para adquirirlos. Tan
simple como que si no hay empleo, no hay capacidad de compra. Y si las
ganancias se producen en otros lugares, tampoco las empresas pagarán impuestos
que después puedan ser devueltos como prestaciones sociales para suplir las
carencias o insuficiencias de ingreso que proporciona el empleo formal o
informal. Finalmente, si los beneficios monetarios que obtienen las
corporaciones se concentran y desvían hacia la actividad financiera
especulativa que cada 5 ó 6 años produce a través de la actividad inmobiliaria,
una crisis y un desequilibrio cuyo
ajuste debe pagar ese mismo ciudadano con empleo incierto, entonces la mesa
queda servida para una salida a través de aquellos personajes que vociferan a
favor de políticas locales, economía cerrada y murallas para contener a los
indeseables que no son otros que los mismos que el sistema ha generado con su visión excluyente.
No puedo dejar de recordar
las promesas de Adolfo Hitler al pueblo alemán cuando la república de Weimar
naufragaba entre los embates de sus enemigos internos y las exigencias foráneas
puestas por del Tratado de Versalles, post primera guerra mundial. Ahí también
se escuchaban las frases de “volver a hacer grande a Alemania” o de acabar con
toda clase de indeseables, delincuentes o enemigos extranjeros. Y también hubo
empleos y la economía creció, merced a obras públicas y producción de
armamentos que daban aliento a su sistema fabril. Pero antes, mucho antes de
esa realidad, se prometía condonar y abolir “los intereses usureros” que
cobraba la “banca judía” a los ciudadanos de ese país por los préstamos que
éstos obtenían. Demás está decir que apenas el personaje se hizo del poder,
canceló esa medida y se embarcó en la triste aventura que ya todos conocemos.
No sé si la elección de
Donald Trump sea un castigo a ciertas “elites” o a una cierta forma de hacer
política, pero lo cierto es que la demora, cuando no el descrédito total respecto a la llegada de los beneficios
otrora prometidos por las políticas liberales, mientras campea la inseguridad
ciudadana, la amenaza terrorista y la posibilidad del desempleo, han abonado el
terreno para que una buena parte de la población norteamericana (indignados a
su modo) confíen en un personaje que habla precisamente de acabar con esas
amenazas y poner orden en casa, valor este último, bastante preciado en
determinados estratos de la sociedad.
Si bien como insinué al
comienzo, no hay procesos irreversibles y siempre estamos sometidos al péndulo
de los vaivenes de las decisiones políticas, económicas y de fuerzas que no
controlamos, el intertanto desde donde la humanidad avance al siguiente escalón
del progreso social, puede estar jalonado de mucho dolor y arbitrariedad,
porque las prácticas del recién llegado pueden socavar las bases mismas que
permiten ese cambio. Ojalá me equivoque y la cordura y los contrapesos
institucionales o bien ciudadanos, efectivamente funcionen cuando sea necesario.
Santiago de Chile, 13 de
Noviembre, 2016.
